
Estoy en mi oficina, miro por la ventana que está a mi izquierda y veo el cielo gris, es agosto, así que no me extraña, los vidrios están cerrados, sin embargo la humedad ha sabido colarse entre ellos y como un intruso que llega sin avisar, siento que lentamente va escalando por mis pies e invadiendo mis huesos, mi cuerpo entero. Sobre mi escritorio hay papeles aún sin leer y en la pantalla de la computadora un informe a medio hacer.
Recuerdo. Las imágenes transcurren en mi mente como una vieja película muda, no las puedo detener. Me veo despertar como siempre, a las seis de la mañana, voy caminando aún en pijama y sin asearme por los pasillos de la casa, me dirijo a cada uno de los cuartos de mis hijos y los voy despertando suavemente, logro con esfuerzo que se pongan el uniforme del colegio, que tomen el desayuno, que se laven los dientes, que se peinen, que carguen sus mochilas y que, a las siete y quince aborden el auto que los llevará al colegio, meto la mitad de mi cuerpo por la ventana trasera y les doy a cada uno el último beso de la mañana, con él pretendo sellar mi esperanza de que regresarán a casa sanos y salvos, les recuerdo que deben abrocharse el cinturón de seguridad y, por último, digo:
-maneje despacio por favor-, levanto mi mano diciendo adiós, y veo como el auto se va alejando, llega a la esquina, voltea a la izquierda, y una vez que se encuentra fuera del alcance de mi vista, regreso a casa con una sensación que no logro definir. Entro a mi cuarto, veo la cama con las sábanas aún revueltas, me provoca meterme de nuevo en ella, taparme con la frazada, cerrar los ojos y despertar con el sol de enero reflejado en mi cara, pero miro el reloj y me doy cuenta de que no puedo. Entro a la ducha, tengo quince minutos para bañarme, secarme el pelo y cambiarme. Lo logro. Me pongo la blusa blanca, el sastre negro, los zapatos taco ocho a tono y salgo a toda prisa hacia la oficina, en medio del trajín olvido ponerme el reloj y sin él sé que me perderé en el tiempo sin poder manejarlo. Suena el teléfono y me es irremediable regresar a la oficina, prometo tener el informe preparado para mañana al medio día, cuelgo y sé que no podré cumplir, hoy en la tarde hay un partido de fútbol escolar y le he prometido a mi hijo asistir. Veo el cuadro de los últimos valores accionarios, los reviso, agrego unas cifras al informe que yace durmiendo en la pantalla de la computadora. Suena una alerta y me recuerda que a las siete de la noche tengo una reunión en en el Ministerio de Economía...
Estoy en el quinto piso, trato de concentrarme para la reunión y repasar las cifras pero no puedo impedir verme corriendo por el patio principal del colegio, se me rompe un taco pero no me detengo. Llego y veo a once niños sentados a un lado de la cancha y al entrenador dándoles indicaciones. Por un momento miro al cielo y agradezco que el partido no haya comenzado aún, pero una madre me dice que ha acabado el primer tiempo y que mi hijo a metido un gol. Lo busco entre los once, lo encuentro, levanto mi mano diciendo: hola, pero él me ha lanzado una mirada de reproche… no jugará en el segundo tiempo. Miro mi muñeca y no encuentro mi reloj, estoy perdida en el tiempo, dentro de los papeles sin leer, del informe a medio hacer, dentro del partido de fútbol, de mi sastre negro y mis zapatos de tacón.